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‘Django unchained’: Tarantino reutilizado

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Cada artista es, o al menos debería ser, dueño de un estilo inconfundible. Hay ciertas características casi consustanciales que definen la personalidad y el carácter de cualquiera que esté al servicio de la creatividad. Los genios, tipos extraños y de profundas perturbaciones, conviven con una condición intrínseca que los distingue del resto del mundo y de sus iguales. Rembrandt nunca será Rubens –y viceversa– por mucho que ambos pertenezcan a una misma época y a un supuesto mismo estilo.

Es esencial que un gran cineasta tenga esa capacidad. El talento y el poder de contar las historias de una forma tan personal que ésta sea reconocible es grandioso y peligroso. Grandioso porque ser único es lo que diferencia a un artista de un mero operante. Y peligroso porque de la misma manera en la que uno se entrega a esa naturaleza también debe controlarla. En el caso contrario, el virtuoso acaba sometido a su ego, engullido por su propio método y pasa de ser reconocible a previsible. Una imitación constante y manida. Una canción pinchada una y mil veces.

Una de esas veces es Django unchained, la particular visión del western según Tarantino. En ella, más que la reconstrucción del género americano por excelencia, traza un sentido homenaje a los infames spaguetti de “serie Z”. Reutiliza –como habitualmente hace– la esencia de algún género horrible –de incomprensible popularidad en gente de tanto talento–, aderezándola con una auto elegía de alma brillante; pero que peca de todos los errores del pasado –como las, en ocasiones, excesivas y poco justificadas, aunque inquietantes, escenas de violencia– y a la que añade alguno nuevo como una magnífica banda sonora para el hogar, pero con poca comunión con las escenas a las que acompaña.

Como los Coen –autores de un western de altura como Valor de ley– con las espléndidas Fargo No es país para viejos –pero de una manera mucha más descarada y poco convincente– Tarantino se  plagia. Rueda otra vez –mutatis mutandis– Inglorius basterds. Y lo hace con un cuidado visual explosivo, un tempo magnífico tanto en la narrativa como en los diálogos y, sobre todo,  con un nivel de divertimento admirable para sus casi tres horas. Pero no deja de ser la misma mofa irreverente y grosera de antaño. Una burla en la que se permite el lujo de repetir no sólo los excéntricos –y magníficamente interpretados– personajes –como el villano retorcido y locuaz o el justiciero marcado por el racismo–, sino también situaciones, circunstancias e historias que vacilan en el tiempo; pero que mantienen la misma  concepción y forma.

Hace muchos años que Tarantino –un hombre con una personalidad fílmica arrebatadora– fue absorbido por Tarantino. Sigue siendo ese director gamberro, grosero y desmedido; con una capacidad innata para los diálogos mordaces de colosal ingenio y para la estética hermosamente violenta. Pero todo en él suena ya a historia interminable; a eterno déjà vu,  a remake  de sí mismo. Como un Saturno que –al final del mito– acaba devorado por su hijo.

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