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París y Trópico de Cáncer: historia de dos catarsis

Henry Miller Portada

Henry Miller llegó por segunda vez a París en marzo de 1930. Fue June, su segunda esposa, quien le aconsejó abandonar los Estados Unidos, donde se sentía atrapado, y le recomendó la capital francesa, y ella quien le compró el billete, prometiendo unirse a él más adelante. Miller odiaba París; él quería viajar a España, a Madrid. Sin embargo, los diez dólares que llevaba en el bolsillo no le permitieron ir más lejos.

Junto a Miller, en 1930 llegó a Europa la crisis que en aquel momento ahogaba a Estados Unidos. Cuando él apareció en París, la Generación Perdida de los Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos, Pound, etc. había huído ya en desbandada. Era el fin de los locos años veinte. En Alemania se estaba formando el clima enrarecido que años más tarde propiciaría el ascenso de Hitler al poder del III Reich. Francia construía su línea Maginot y abandonaba Renania. La confianza, la despreocupación y la alegría se tornaban en inquietud, angustia, humor negro. El París de 1930, el París de Henry Miller, no era el París brillante, cosmopolita y lleno de extravagancias vanguardistas de diez años antes, sino un París sórdido, poblado de putas, periodistas extranjeros y aspirantes a artista de escaso talento. A pesar de todo, en Montparnasse aún se respiraba cierta tranquilidad; el barrio parisino seguía siendo un centro cultural y artístico.

El milagro de París

El pintor Louis Tihanyi pronto se percató de que el Henry Miller que llegaba a París no era el típico “tío rico americano”, sino un “yankee pobre”, sin dinero ni reputación. En efecto, Henry Miller arribó a París “cerca de los cuarenta, fracasado, e idiota por añadidura” (así se definía a sí mismo). Sin domicilio fijo, con el estómago y los bolsillos vacíos, sus únicas preocupaciones eran: ¿qué comer? y ¿dónde dormir?

Henry Miller 2Y, sin embargo, era condenadamente feliz: “No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo”, repetía sin cesar. ¿A qué se debía esa felicidad? Según cuenta su amigo, el fotógrafo húngaro Brassaï, en su libro Henry Miller tamaño natural, en París, Henry Miller pudo huir de todo lo que hasta entonces le había oprimido. Por un lado, la puritana sociedad norteamericana, en la que nunca podría ser reconocido su trabajo, y para la cual la pobreza era un grave estigma (“en ningún lugar he conocido una humillación y una degradación más grandes que en America”, escribió en Trópico de Capricornio); por otro, su turbulenta relación con June, llena de altibajos: “el paraíso y el infierno”, “el sufrimiento y el éxtasis”. En París encontró por fin la libertad y “relajó el ceño”.

Como a un curioso Benjamin Button que sufre un anómalo ciclo vital, París bendijo a Miller con la juventud que nunca antes había tenido: “En París, por fin podía yo ser joven, mientras que en Nueva York, a los veinte años, había sido completamente viejo”, explicaría años después a Christian de Bartillat. En 1930, a los cuarenta años, nació el Henry Miller alegre, vitalista, libre, eternamente joven.

Miller, que siempre había buscado la originalidad en los otros, ansiando convertirse en un “gran escritor”, un “hombre de letras” a la manera de Walt Whitman o Thomas Mann, bosquejando mil proyectos que luego eran abortados, encontró su camino y se encontró a sí mismo en la capital francesa. Se obró el milagro. “Mis ojos no se abrieron en toda su amplitud hasta que mis pies no pisaron el suelo de París” (Trópico de Capricornio).

La vida bohemia

Para que esta catarsis fuera posible, Henry Miller se vio obligado a seguir el famoso exhorto de su maestro Rimbaud: “Abandonadlo todo… Partid por los caminos”. Durante meses soportó la miserable vida del bohemio; vagó, arrastrando los pies sin rumbo fijo, pidiendo limosna y algo para comer, buscando cobijo bajo algún puente o en cualquier cuarto antroso. Y a pesar de ello estaba entusiasmado, como se ha visto. Quería conocerlo todo, verlo todo, escucharlo todo, oírlo todo, comprenderlo todo. Tras esta dura pero enriquecedora prueba, la ciudad lo absorbió, acogiéndolo como a uno de los suyos.

Cuando, dos años antes, en mayo de 1928, durante su viaje por Europa junto a June, Miller visitó París, la capital francesa no le interesó en absoluto. En Nueva York, June le había asegurado: “París es lo que tú has soñado toda la vida. Tu país. Allí encontrarás todo lo que buscas y que aquí no has podido hallar”. Con dinero en los bolsillos, el París que encontraron fue el París turístico y superficial. Y Miller en seguida se aburrió de tanto monumento y tanto lugar histórico. Le impresionaron más otras capitales europeas, como Viena, Budapest o Praga.

Henry Miller DômeEn cambio, el segundo París, el de 1930, era para él completamente nuevo. Pronto llamó su atención el elevado número de librerías y galerías de arte, todavía escasas en sus Estados Unidos. ¡Y la cantidad de calles con nombres de escritores y artistas célebres! La rue Balzacl’avenue Victor Hugola rue Lamartinela rue Racine… Miller estaba fascinado: en Francia sí se reconocía el valor del arte. También descubrió la ociosidad y la calma de la vida mediterránea, ¡y las terrazas de los cafés! Por el precio de una cerveza podía escribir, dormitar, relacionarse, escuchar conversaciones ajenas, observar la calle y sus gentes. Miller se pasaba los días sentado en las terrazas del Dome y de La Rotonde, bebiendo, comiendo y esperando al salvador que apareciera para pagar su cuenta.

Fue así como se encontró con Alfred Perlès, un escritor austríaco a quien ya había conocido dos años antes, durante su viaje por Europa. Perlès (el futuro Carl de Trópico de Cáncer) lo tomó bajo su protección y lo acogió en el Central Hotel, en el número 1 de la calle Maine.

Miller trabó amistad con muchos artistas e intelectuales, gracias a los cuales pudo sobrevivir: Michael Fraenkel, Boris, el “filósofo de la muerte” que le dio cobijo en su apartamento, en el número 18 de Villa Seurat (que más tarde sería el hogar de Miller); Richard Osborn, Fillmore, abogado americano que pronto quedó prendado del espíritu vitalista de Miller, a quien presentó a Anaïs Nin, una joven atractiva y encantadora que no tardaría en suplantar a June como musa, protectora y amante del artista. Su Diario influyó mucho a Miller, quien, en 1931, animado por Perlès y Fraenkel (“escribe como hablas. Escribe como vives. Escribe como sientes y piensas”, le había recomendado), empezó a escribir su libro de París.

Trópico de Cáncer

Miller había iniciado Trópico de Cáncer en su época de vagabundo, obsesionado por la edad y asustado ante la idea de no poder recobrar el tiempo perdido. Le consolaba pensar que Cervantes, Rousseau o Marcel Proust no eran mucho más jóvenes que él cuando comenzaron su carrera. Pero no quería dejar pasar ni un sólo día sin escribir.

Henry Miller TrópicoA finales de marzo de 1932, Miller y Perlès se instalaron en un pequeño apartamento en el barrio obrero de Clichy, donde los alquileres eran mucho más baratos que los sucios hoteles del centro de París, en el número 4 de la avenue Anatole France. Después de dos años de vida errante, el muy bohemio Henry Miller deseaba con todas sus fuerzas encontrar un hogar; necesitaba un lugar fijo donde alumbrar el libro del que se sentía preñado. En Clichy pudo dar término a su monumental obra.

Miller presentó Trópico de Cáncer, ya terminado, a Jack Kahane, fundador de la editorial Obelisk Press, que publicaba en Francia ediciones en inglés (de esta forma esquivaba la censura) de obras que habían sido prohibidas en Reino Unido o Estados Unidos. La obra de Miller le entusiasmó y se ofreció a publicarla. Miller estaba exultante. Pero no iba a resulta tan fácil… La crisis económica, que volvía a golpear con fuerza, y la prohibición de la edición francesa de El amante de Lady Chatterley de Lawrence, retrasaron la publicación de la obra de Miller. Nerviosa ante las dudas del editor, Anaïs decidió, dos años después, en mayo de 1934, costear ella misma los gastos de edición del Trópico.

Durante los años de espera, el libro fue retocado y corregido. “El manuscrito original era enorme. Todo era superfluo; había querido meter allí de todo”, confesaba Miller. Con la ayuda de Anaïs y de Perlès, el libro se vio reducido a trescientas páginas de las novecientas iniciales. El Trópico de Cáncer definitivo sería una cuarta redacción.

Finalmente, a finales de septiembre de 1934, Trópico de Cáncer apareció en las librerías parisinas. Henry Miller tenía entonces cuarenta y tres años. El libro, uno de los mayores éxitos editoriales de todos los tiempos y también uno de los mayores escándalos, tuvo un doloroso nacimiento.

Un furioso alegato libertario

Trópico de Cáncer transgedió los límites de lo admisible, los cánones del buen gusto, los ideales de la belleza y de la ética. La naturalidad con que su autor se refería al sexo, la apasionada defensa de la anarquía y la predilección por los perdedores, todo ello narrado de forma caótica e inconexa, convirtieron al libro, en el mismo momento de su lanzamiento, en un violento obús dirigido a la sociedad de la época.

Como escribe Bernd Dietz en el prólogo de una edición moderna del libro: “El Trópico de Cáncer es, en definitiva el libro en el que un hombre, dotado de un Yo enérgico y poderoso, nos refiere unos fragmentos de su vida, no por el valor que éstos puedan tener en sí mismo, sino porque lo hace con una radicalidad inédita y sorprendente en sí misma”.

Con Trópico de Cáncer, Miller olvidó su obsesión por convertirse en un “hombre de letras” y simplemente dio salida a la enorme fuerza que sentía dentro de sí. “Es posible que mis textos no sean literatura”, afirmaba Miller, que se enorgullecía de saber que si la Nouvelle Revue Française no publicaba su obra no era por su obscenidad, sino por su “escaso valor literario”.

En una conversación recogida por Brassaï en Tamaño natural, Henry Miller se expresaba en los siguientes términos:

“No quiero progresar, sino regresar. Si, quiero regresar, ser más ignorante cada día, como ignorantes son las plantas o los animales. Desembarazarme de una vez por todas de las influencias de cinco mil años de pasado, de dioses, de religiones, de libros, de grandes hombres (…). Si tuviese poder, suprimiría los colegios, los museos, quemaría las bibliotecas. Borraría la historia, fomentadora de guerras. Haría tabla rasa de toda la civilización, de toda la cultura. ¿Por qué no hacerlo? ¿Qué he ganado con la ampliación de mi sabiduría, con el enriquecimiento de mi cultura? Nada. Más bien, he perdido. ¿Sabes por qué he titulado mi primer libro Trópico de Cáncer? Porque el cáncer significa para mí la enfermedad de la civilización, el punto álgido de una mala ruta, la necesidad de un cambio radical de camino, de un recomenzar a partir de cero… Sí, hay que volver a empezar de la nada, para bien o para mal… Lo que yo deseo es parar mi evolución, retroceder el camino recorrido, alcanzar y rebasar el mundo de mi infancia, regresarregresarregresar cada vez más, hasta llegar al punto del que nos hemos evadido y del que la cultura y la civilización nos han alejado”.

Henry Miller 3Trópico de Cáncer es una de las grandes confesiones liberadoras del siglo XX. Como le había ocurrido a él a su llegada a París en 1930, Henry Miller quería liberar al hombre de todo cuanto, según él, le oprime: “religiones”, “dioses”, “influencias”, “historia”, “cultura”, “civilización”. Para, como él, empezar de nuevo.

La venta del libro fue más bien decepcionante: de septiembre de 1934 a julio de 1935 apenas se vendieron unos mil trescientos ejemplares. En cambio, sí recibió una calurosa acogida entre los artistas y escritores de la época: Céline, Orwell, Durrell, Elliot, Pound, entre otros, reconocieron el talento literario de Miller. Incluso Blaise Cendrars, el “escritor favorito” de Miller, quien escribió para la revista Orbes un artículo bajo el título: Un escritor americano nos ha nacido.

En su país natal, Trópico de Cáncer fue rápidamente prohibido bajo cargos de pornografía y obscenidad, y no pudo ser publicado hasta veintisiete años después, en 1961, tras más de sesenta juicios. En España, la dictadura impidió que la obra pudiera verse en las librerías hasta 1977 (en diez días vendió quince mil ejemplares).

La publicación de Trópico de Cáncer supuso la explosión literaria y editorial de Henry Miller. Entre 1934 y 1939 publicó seis libros, entre ellos Primavera NegraTrópico de CapricornioMax y los fagocitos blancos.

Huída de París

1939. Hitler invadía Checoslovaquia, demostrando el fracaso de los acuerdos de Munich y de la política de apaciguamiento. Más tarde le tocaría el turno a Polonia… Francia se encomendaba ciegamente a su línea Maginot. La suerte de Europa estaba echada. En todo el continente se respiraba una atmósfera tensa y angustiante.

Trópico de Capricornio apareció el 10 de mayo de 1939. Dos semanas más tarde, Henry Miller abandonaba París, y el 14 de julio se embarcaba en Marsella en el Théophile Gautier rumbo a Corfú, Grecia.

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