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Vendiendo bufandas en los alrededores del Vicente Calderón

Son las cuatro menos cuarto de una invernal tarde de domingo en Madrid, las frías calles están desiertas y todavía quedan muchas horas para el comienzo del partido en el Vicente Calderón; sin embargo, Juan y Alfonso están ya en su puesto en el paseo de las Acacias. Son vendedores de bufandas en partidos de fútbol.

Juan es bajito, rechoncho, de cara rosada y pelo blanco y escaso. Cuenta sesenta y cinco años y, cuando no vende bufandas, conduce su taxi por las calles de la capital. Alfonso, en cambio, es más alto y delgado, también más joven –tiene 49 años–, y, como él mismo comenta, se dedica a “sus labores”. Luce una cuidada perilla grisácea. Su severa mirada, enmarcada bajo unas pobladas cejas oscuras, infunde respeto.

Juntos llevan casi treinta temporadas vendiendo bufandas en los partidos del Santiago Bernabeu y del Vicente Calderón… Hoy les toca ser colchoneros.

En esas tres décadas, la venta de bufandas, como el mismo fútbol, ha cambiado mucho: se ha profesionalizado y convertido en un negocio.

Cuando empezaron, no existían siquiera las licencias de venta. Muchas veces eran los propios vendedores quienes confeccionaban los productos que ofrecían. Y la gente compraba casi cualquier cosa. Ahora ya no. Con la aparición de los productos oficiales, los vendedores tienen que conseguir el género de los mayoristas –los licenciatarios–, y los aficionados exigen mayor calidad.

Puesto 1

Juan y Alfonso llegan siempre cuatro horas antes de cada partido, ya sea éste de Liga, Copa o competición europea, en su furgoneta, donde trasladan sus bártulos –a veces tienen que utilizar también el taxi de Juan–, y empiezan a montar el tenderete. La estructura metálica y la lona impermeable. Después, colocan el género: izan las banderas en el techo; cuelgan las sudaderas, las camisetas y los polos en la pared; extienden las bufandas en la mesa y en el frontal. Todo ello, con sumo cuidado. Son los últimos en estar a punto cuando, pasadas las cuatro y media, Alfonso termina de instalar las luces.

El puesto de venta de bufandas de Juan y Alfonso es una increíble exposición de artículos de todos los colores: camisetas del equipo, la “bufanda clásica”, sudaderas, bufandas del frente atlético, banderas grandes, bufanda antimadridistas, pins, bufandas de la Supercopa, gorros y gorras, bufandas del Cholo y de Falcao, banderas pequeñas, bufandas con el estadio dibujado, camiseta del centerario, bufandas rojiblancas, rojas, negras, azules.

No obstante, no es esto –pues todos ofrecen lo mismo– lo que diferencia el puesto de Juan y Alfonso de otros, sino su estratégica localización. Casi al final del arbolado y sombrío paseo de las Acacias, antes de llegar a la glorieta de Pirámides, se encuentra a poco más de cincuenta pasos de la boca de metro por la que cada jornada salen cientos de seguidores atléticos. Y el suyo es el primer puesto que ven.

– Se nota la situación, claro –dice Juan–. Al ser los primeros, mucha gente se para a mirar y compra. Pero muchos miran, preguntan y luego compran lo mismo más abajo, en otro puesto, al mismo precio.

Como les ocurre a otros puesteros, los vendedores de bufandas en los alrededores de estadios de fútbol tienen que soportar muchas veces condiciones inclementes. Sin embargo, es la espera hasta la llegada de clientes lo que resulta más duro, aseguran. Durante casi dos horas en las que apenas tienen qué hacer, intentan distraerse como mejor pueden. Muchos optan por visitar a otros colegas.

A eso de las cinco, Patri se deja caer por el puesto de Juan y Alfonso. Patri es una mujer pequeñita y redonda; como ellos, lleva más de treinta años vendiendo bufandas en su puesto, delante de la glorieta de Pirámides.

Por lo general, es común que los vendedores de bufandas se conozcan entre ellos y mantengan buena relación, puesto que la mayoría lleva muchos años. En realidad, hace tiempo que no ven por allí nuevas caras. Desde hace años, el ayuntamiento de Madrid no renueva las licencias que quedan libres, y así el número de puesteros a los pies del estadio del Manzanares se está reduciendo cada vez más. Muchos temen la desaparición del negocio.

– Casi no se ven las camisetas del centenario, Juan –dice Patri, señalando con la cabeza la pared de donde cuelgan–. ¿Por qué no las cambias y las pones delante de esas otras?

Juan cree que así están bien, y así las deja… pero cuando Patri se marcha de vuelta a su puesto, pide a Alfonso su opinión sobre la disposición de las camisetas y, aunque Alfonso no opina nada, las recoloca, intentando hacerlas más visibles.

Una mujer que pasa por allí pregunta por la camiseta antimadridista. “Ya no quedan, señora. Se han agotado todas. Para el próximo pedido…”, contesta Alfonso mientras la decepcionada mujer retoma su camino.

Al rato, aparece un hombrecillo, ya entrado en años, que les pide “dos euros”. Viste un chándal viejo y unas deportivas raídas. La cara sucia, la barba larga y el pelo desgreñado completan su aspecto desaseado. Juan le lanza una moneda de un euro y dice:

– Siempre andamos pidiendo, ¿eh?

– Yo pido, pero cuando hace falta ayuda, vengo a echar una mano, contesta el hombrecillo.

– Pues yo llevo muchos años aquí y nunca te he visto echar ninguna mano, dice Alfonso. Te veo llegar con la mano… pero siempre es para pedir.

– (El hombrecillo se levanta la ropa y enseña una barriga blanca e hinchada). Tengo que alimentar esto, dice, golpeándose la tripa con la mano abierta.

– Anda, anda; tira…, zanja Alfonso.

Y dice que siempre viene a echar una mano, el tío… Ya le he dicho: yo llevo muchos años y nunca le he visto ayudar”, comenta en voz alta, como para sí, Alfonso cuando el hombrecillo está ya lejos. “Todos los días pide dos euros; le das uno y se conforma”, quita importancia Juan.

Puesto 3

Vuelve Patri, esta vez con una bandeja con pastitas que comparte con Juan y Alfonso. Así se quedan los tres durante un tiempo, comiendo y charlando, hasta que vienen, en un goteo intermitente, los primeros clientes. Entonces Patri regresa a su puesto y Juan los atiende.

Preguntan por el precio de una de las banderas que ondea al viento en el techo. “Las grandes están a quince euros”, contesta Juan. “Luego tienes estas otras más pequeñas, que están a diez”. Se marchan sin comprar nada. Una familia –la madre y tres hijas, la mayor de las cuales viste una camiseta de F. Torres firmada– se interesa por el precio de las camisetas expuestas sobre la mesa… Pero tampoco compran nada.

Normalmente es Juan quien se ocupa de los clientes. Y si no hay nadie a quien atender, se dedica a organizar los artículos: ordena y reordena las bufandas, coloca y recoloca las camisetas, toca y retoca los gorros… Es un hombre inquieto y perfeccionista. No sale del puesto en toda la tarde. Alfonso, en cambio, sí lo abandona en varias ocasiones, para estirar las piernas o saludar a Patri o a otros compañeros. Él, apoyadas las manos en el mostrador, ligeramente inclinado hacia adelante, mira a los clientes mientras Juan los atiende.

Se acerca una pareja joven. “¿Cuánto cuesta la bufanda?”, pregunta él señalando una con el dedo. Una bufanda abriga su cuello, pero el de ella está desnudo.

– Diecisiete euros. Todas las que están a la derecha cuestan lo mismo: diecisiete euros, responde Juan. Estas otras del centro, quince, y las de aquí, a la izquierda, diez.

– Mmmm… Bien…, murmura mientras ojea las bufandas de soslayo.

– Mira: ésta es la bufanda clásica, es una de las que más se vende, lo empuja Juan, al tiempo que extiende una bufanda y le da la vuelta para mostrar también el revés.

– Sí, es la que llevo yo. Pero para ella quiero otra… Me gustan las del estadio.

– Con el estadio dibujado tienes ésta de aquí y ésa otra también, indica Juan, señalando las bufandas.

Una vez ella tiene su bufanda nueva al cuello, la pareja se marcha cogida de la mano camino del estadio.

A las seis de la tarde, la policía cierra los accesos al estadio y despliega sus furgones y agentes a caballo. El sol se esconde detrás de los bloques de edificios de la orilla sur del Manzanares y la temperatura baja. El frío no da tregua, pero Juan y Alfonso aguantan estoicos. Poco a poco las camisetas y bufandas rojiblancas empiezan a hacerse visibles en el paseo de las Acacias y su puesto atrae miradas curiosas.

– Quiero la bufanda antimadridista, le dice un joven adolescente a su padre.

– No, ésa no. Elige otra.

– ¿Por qué no?

– Ni antimadridista ni antinada. No quiero que te partan la cara por ahí. Elige otra…

– Ésta es la bufanda clásica, dice Juan extendiendola y mostrandosela al padre. Es una de las que más se vende. Y mire esta otra: es la bufanda de la final de la Supercopa, la del 4-1 al Chelsea.

– ¿Te gusta alguna?, pregunta el padre a su hijo.

– No. Quiero ésta, y señala una negra con el escudo dibujado.

– Son diez euros.

Cuando, media hora después, el cielo se torna oscuro y en la calle se encienden las farolas, Alfonso da cuerda a un pequeño motorcillo portátil y unas bombillitas blancas iluminan el puesto. Queda poco más de una hora para que comience el partido.

Puesto 2

De la boca del metro de Pirámides comienzan a brotar cientos de aficionados, que fluyen, como un río rojo y blanco, calle abajo, deslizándose ruidosamente por Acacias, Alejandro Dumas y Melancólicos hasta desembocar en los pies del Vicente Calderón, donde se van formando grupos cada vez más numerosos que matan los últimos minutos tomando las últimas cervezas y comentando la marcha de la temporada.

La marabunta que cada jornada recorre las calles para asistir al partido es casi tan llamativa y variada como las bufandas, camisetas y banderas de los tenderetes. Chillones grupos de amigos, románticas parejas, padres acompañando a sus ilusionados hijos, solitarios futboleros…

Muchos simplemente pasan de largo, sin deternerse en el puesto de bufandas de Juan y Alfonso; otros, asomándose, se interesan por el precio de alguna camiseta o bufanda…

– ¿Cuánto cuesta esta bufanda?, dice alguien.

– Quince euros. Todas las de aquí, en el centro, quince euros, responde Alfonso.

– Mmmm…

– ¿A cuánto están las banderas?, pregunta otro.

– Las grandes, a quince; las pequeñitas, a cinco.

– Ya…

– Perdone, ¿la bufanda a cuánto está?, se interesa un tercero.

– A diecisiete; pero estas otras de aquí cuestan diez, contesta Juan.

– Gracias.

Durante una hora, Juan y Alfonso han de atender a cuatro, cinco, seis clientes al mismo tiempo. Y siempre es lo mismo: “Ésa, quince euros”… “Esa otra, diez”… “Mire: ésta es la bufanda clásica, es una de las que más se vende”… “¿Y qué le parece ésta? Es la de la final de la Supercopa, la del 4-1 al Chelsea”… “Ésa, quince euros”… “Esa otra, diez”… “Las la derecha, todas diecisiete; éstas, diez”… “Mire ésta: es la bufanda clásica”……

Pero a las siete y media son ya muy pocos los que se paran siquiera a preguntar el precio de nada. Quedan quince minutos para que comience el partido y la corriente humana avanza sin detenerse, aligerando cada vez más el paso. Los últimos rezagados pasan corriendo delante de Juan y Alfonso cuando éstos empiezan a recoger su puesto de bufandas. Primero guardan en cajas las camisetas y las sudaderas; después, los gorros y las banderas, y por último, las bufandas.

Hacen recuento: unas treinta bufandas vendidas. Trescientos euros. Cien de beneficio… También ellos padecen la crisis. Hace cuatro o cinco años podían vender tres y hasta cuatro veces más, afirman.

En el estadio, el árbitro da comienzo al partido y miles de bufandas bailan al aire. Ya nadie piensa en los vendedores que recogen sus cosas para guardarse por fin del frío… hasta el próximo partido.

Bufandas 1

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