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‘La vida de Pi’: un Dios explícito

La vida de Pi 2

A Yann Martel no debió parecerle allá por 2001 que estuviera todo dicho sobre la fe. Debió considerar que a egipcios, griegos, romanos, judíos, musulmanes y compañía se les habían quedado después de tres milenios cosas en el tintero. También debió pensar que la filosofía, empeñada en exceso durante siglos en explicar el sentido de la vida, era insuficiente, que no había llegado a su idea definitiva. Él argumentaba –y cito sus propias palabras– que estaba buscando “un propósito de vida, una historia con hache mayúscula”. El resultado fue una fábula moralista de estilo bíblico camuflada bajo un drama fantástico sobre un naufragio.

Eso, básicamente, fue La vida de Pi. Ahora –once años después– y en manos del camaleónico Ang Lee –director taiwanés de coraje fuera de lo común– la novela cobra la dimensión de aparente revolución cinematográfica; pero sin perder su sentido original: la asfixiante moralidad.

El cine de Ang Lee se ha adentrado siempre en terrenos pantanosos, poco manejables para los no especialistas. Y, la mayoría de las veces, ha conseguido salir airoso de ello con un talento extraordinario para adaptarse. Se podría decir –y es irónico dado el sentido de su última obra– que es el mejor superviviente, el espécimen favorito de la teoría darwinista. En esta ocasión el éxito o el fracaso tienen una compleja definición, una difícil disección; pero parece que ha vuelto a salirse con la suya. Al menos para la crítica.

Partiendo de la literalidad –que no del estilo literario de la novela– Ang Lee divide la cinta en tres tramos perfectamente diferenciados. En un trío desigual de estaciones donde todo se detiene con más o menos acierto, con mejor o peor suerte:

La primera de ellas es un comienzo fallido y dulcificado hasta el empalague. Un principio donde los animales de un zoológico familiar y la Religión –con mayúscula porque es un ambicioso compendio de todas las que conocemos– comparten protagonismo con la infancia del protagonista, un joven indio de matemático nombre. Nos encontramos, todavía fríos, con una introducción de discutible y endeble concepción que peca de cierto sentimentalismo de saldo fundamentado –por si fuera poco– en un recurso que se mantiene como una pesada losa durante todo el viaje: el protagonista ya adulto relatando sus vivencias a un escritor en crisis de ideas.

Sin embargo, tras más de media hora, surge una espectacularidad visual inmejorable y con ella el punto álgido del film. La narración –apoyada por un unas imágenes asombrosas– abandona el tono azucarado del comienzo para narrar el naufragio del protagonista en un cuadro hermoso cargado de simbolismo tan sencillo como efectivo. Se convierte en un relato dicotómico entre razón y fe; bien y mal, Dios y hombre. Un cuento de supervivencia intenso y sinfónico con reminiscencias a Noé y el Paraíso.

Un Edén que emociona y sobrecoge en esa parte intermedia; pero que termina por retomar el pulso errático de su nacimiento para convertirse en un espejismo. Una visión bella, delicada y conmovedora que queda marginada tras volver la función a patinar en el infame y prescindible cierre. Un absurdo final que solo tenía que limitarse a no estropear la maravillosa parte central y que se vuelve contra la propia película al desenmascarar sin tacto y casi con violencia cada uno de los códigos –más o menos obvios– del relato. Unas pistas y sutilezas que, además, desembocan en un torrente de estomagante moralina ultra religiosa que molesta incluso menos en el fondo que en la forma.

La moraleja de este cuento trascendental plantea, de hecho, la cuestión sobre elegir entre realidad –y dolor– o milagro –y salvación-. Y se torna como una apuesta en la que Dios sale manifiestamente ganador. Pero otorgar al ser humano la capacidad de elección sobre la historia –como entregarle a Ang Lee la capacidad de hacer mágico todo lo que toca– termina por reafirmar una idea contraria a ello. Ya saben lo que decía Feuerbach: “No es Dios quien ha creado al hombre a su imagen, sino el hombre quien ha creado a Dios, proyectando en él su imagen idealizada”.

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