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‘Les Misérables’: ¿Hooper o victoria?

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Las mayores empresas, o al menos las más absurdas, arriesgadas e imposibles, suelen surgir de la chispa eléctrica que produce la defensa del honor. Amenazar el orgullo –equivocado o no– de alguien es dar un pretexto primitivo –casi animal– que empuja a la acometida de desafíos para los que muchas veces no se está preparado. Surge así el nacimiento de un impulso nada racional, de un sentimiento de enajenación que, al disfrazarse de valor, conduce a callejones sin salida que pensamos que llevan a nuestra Roma particular.

Algo muy parecido –si no exactamente eso– debió pasarle a Tom Hooper cuando decidió meterse en el nada desdeñable lío de adaptar al cine la obra cumbre del ideario novelístico de Víctor Hugo en su exitosa versión musical. Probablemente creyó que con tamaña apuesta todas las heridas de los latigazos de la crítica tras ganar el Óscar al Mejor Director por El discurso del Rey dejarían de doler en su corazón de artista. Confió en que no había mejor redención ante las acusaciones de haber sido tremendamente sobravalorado –se dijo que su papel fue poco menos que el de un simple espectador  de un cinta notable soportada por los actores–  que rodar una gigantesca película de tradición artesana infinita. Y, como suele pasar en estos casos, al final, los zapatos le vinieron grandes.

El tropiezo individual del británico a mandos de la nave “miserable” es ciertamente estrepitoso. Lo que pretendía ser una bofetada al mundo queda reducida a los escombros de su exceso de confianza. Una certidumbre desmesurada convertida en caída puramente personal. Una partida en la que desvalijan a su Yo; pero no a su película.

Y no pierde la cinta compostura porque se ve sucia, decadente y peligrosa cuando nos adentramos en los bajos fondos franceses y se llena de pasión y revolución –en todas sus vertientes– al llegar el alma de París. Todo es una evocación hermosa a la magia del bisontins y, sobre todo, al valiente musical del West End londinense. Hay un aroma de redención y justicia en la narración del largo purgatorio del honesto ladrón Valjean y su némesis Javert. Temor y amor puro –de los que sólo dan las madres– en la trágica y hermosa historia de Fantine – una inmejorable Anne Hathaway que protagoniza un plano secuencia para la historia con el inevitablemente lacrimoso “I dreamed a dream”. Libertad y lucha –la que tanto se echa de menos hoy en día– cuando Marius ingresa en la tristemente vencida Rebelión de junio y dilución, y cierto tedio, en la convergencia de todas ellas para cerrar un libro en el que todos los intérpretes –exceptuando un vocalmente escaso pero muy expresivo Jackman y la excesivamente estridente pareja Baron Cohen–Bonham Carter– parecen haber nacido para actuar en Broadway o –como Russell Crowe– para ser estrellas de rock.

Cuando la intemporalidad de Les Misèrables canta, surge la excelencia. Y ésta se desvanece cuando notamos a Hooper mover los hilos con su frenética obsesión por los angulares y primeros planos. Su presencia es chocante, convulsa. Nos invita a un ejercicio visual inverosímil que fatiga, pero no excita. Echa un órdago en el que se salva la casa; pero en el que él pierde hasta los calzoncillos. Pasa de figurante a ese gigantesco y molesto espectador que, sentado justo en frente, nos impide disfrutar de alguna maravilla que intuimos, pero nunca llegamos a ver.

Decía Victor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Y Hooper ha sido todo ello a la vez, pero principalmente, un valiente. Descaminado; pero, al fin y al cabo, un valiente con una oportunidad para hacerse inmenso. Una oportunidad desaprovechada en la que al final lo único que pesa es que “ser discutido es ser percibido”.

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