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‘Argo’: Affleck se hace mayor

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1997. James Cameron cambiaba Verona por el Atlántico. Unos actualizados –y mucho menos interesantes– Romeo y Julieta cobraban vida a bordo de un barco a la deriva en una tragedia épica que embelesaría a medio mundo. Surgía, con la misma fuerza con la que aquel transatlántico se hundió en medio del océano, Titanic.

Misma fecha y mucha menos atención mediática. Dos jóvenes actores abriéndose camino con un ambicioso guion sobre un chico de inteligencia desbordante atormentado por su pasado. Nacía El indomable Will Hunting (Gus Van Sant), una película sencilla e inteligente, un monumento de diálogos verosímiles y elegantes que encumbraba a Ben Affleck y Matt Damon como estrellas delante y detrás de las cámaras.

Quince años más tarde y con el peso del tiempo en el cuerpo, Affleck estrena Argo, su tercer trabajo como director tras la magnífica Adiós, pequeña, adiós y la inquietante The Town. Poco queda de aquel muchacho afilado que escribía guiones a cuatro manos con un amigo de la infancia. Sólo un enorme talento para contar historias. Un talento que, escondido durante años por una mediocre –siendo generosos– carrera como actor y por un público más pendiente del trasero de su ex-pareja que de su trabajo, resurge con esta nueva declaración de intenciones de helenístico nombre.

En Argo se funden las hombreras ochenteras con la tensión, La guerra de las galaxias con el Irán del Ayatolá Jomeini y el espionaje con el cine de Serie B para desembocar en la rocambolesca –pero verídica– historia del rescate de seis diplomáticos estadounidenses que simulan, con la ayuda de un agente de la CIA –interpretado sin sobresaltos por el propio Affleck–, el rodaje de una ridícula película de ciencia ficción ambientada en el país iraní.

De lo absurdo del argumento surgen muchas formas de interpretar la obra; pero Affleck, a riesgo de parecer excesivamente blando, se aleja del drama político para elegir un thriller con tintes de comedia negra que resulta sumamente gratificante. Acierta, sin duda, al alejarse del tono propagandístico para situar los focos en el ácido guion de Chris Terrio, resuelto de manera magistral por las actuaciones de John Goodman, Brian Cranston y un especialmente brillante –en la medida de Little Miss Sunshine– Alan Arkin. Ahí es donde el film obtiene su magia. Cuando se hace verdaderamente disfrutable. Todo parece inteligente, mordaz y perfectamente hilado con los secundarios en escena y la cinta alejándose del estilo hitchconiano para acercarse a una silenciosa ópera bufa.

Sin embargo, pese a ser dirigida con maestría y temple –hecho que ya no sorprende en Ben Affleck–, la película baila entre la excelencia de sus elementos irónicos y la mera corrección de unos tramos finales de suspense que se permiten alguna extra dramatización innecesaria que desmerece un film por lo demás sobresaliente.

Esto no impide que Affleck, ya instalado como uno de los directores más capaces de la actualidad, no sólo se haga mayor cinematográficamente, sino que además dé un merecido escarmiento a un público muy dado al prejuicio –ya lo hizo antes con Clooney y mucho antes con Eastwood o Beatty– y a unos académicos que se han empeñado con avaricia en olvidarlo en sus pomposos premios. Ambos se topan irremediablemente con que las caras bonitas también pueden tener talento. Y mucho en este caso.

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