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‘Lincoln’: fría biografía americana

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Desde hace algún tiempo la moda del biopic se muestra imparable en Hollywood. Un hecho en principio más irrelevante que otra cosa aunque hay que reconocerle el cuantioso e interesante alivio que supone que con ellos la industria cinematográfica –un poco escasa de ideas– frene –pero desgraciadamente todavía no suspende– la agotadora producción de enésimas partes y remakes de películas que ni siquiera hemos llegado a olvidar.

En la última década parece que el género de “vida y milagros” ha encontrado una fórmula casi mágica que contenta a todas y cada una de las partes implicadas en este negocio tan gratificante que es el cine. Basta con revisar un par de libros de historia de cualquier disciplina, abrazarse a las vivencias de un personaje con más o menos rigor y confiar en que una estrella –o preferiblemente un gran actor o ambas cosas– las resucite en la gran pantalla. El resultado es casi siempre una película tan interesante como mediana en la que el protagonista fagocita el resto de la cinta. Queda todo reducido en su mayor parte a una interpretación que en el mejor de los casos resulta maravillosa. Ocurrió, sin ir más lejos, con Joaquin Phoenix como Johnny Cash en Walk the line –ayudado por una perfecta Reese Witherspoon–, Sean Penn en Milk, Jaime Foxx en Ray o con el inconmensurable Philip Seymour Hoffman retratando a un amanerado genio de la literatura en Capote. El hecho es tan palmario que para encontrar una gran obra de este género tenemos que alejarnos de esa fórmula y remontarnos –sin contar El pianista (Roman Polanski, 2002)– a Ed Wood (Tim Burton, 1994) y La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1996). Y antes de eso ya a la década de los ochenta con Bird (Clint Eastwood, 1988), Amadeus (Milos Forman, 1984) y Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980).

Cuando se habla de Spielberg –director con un amor detestable por los finales de melodrama con pretensiones– tenemos en la cabeza una extensa filmografía que reune un nexo común independiente a la naturaleza de las obras que la componen: el excelente entretenimiento. En este caso, su retrato de Abraham Lincoln –presidente americano de valerosos y honorables ideales anti exclavistas– se viste con el traje típico del biopic  para ejecutar la excepción a la norma –deteriorada con los años– de su cine: es cualquier cosa menos excelente; pero, sobre todo, es la antípoda del entretenimiento.

Lincoln es un relato sin alma que expone un hecho determinante en la historia de la humanidad. Y es difícil que contando algo tan emotivo –y más con los antecedentes excesivamente dramáticos del “Rey Midas”– el resultado sea un trabajo no solo carente de ritmo, sino también de color, de entusiasmo e incluso de vida. Sus tres horas se hacen eternas y frías hasta el punto de que lo mejor de todo el recorrido de esta biografía americana es cuando  uno despierta del letargo y comprueba en el reloj que apenas quedan una decena de minutos para el final.

Sin embargo, al sacar el bisturí observamos una notable profilaxis en los diálogos –algunos realmente inspirados–, en los movimientos de cámara –aquí Spielberg siempre ha sido un maestro– y en los trabajos interpretativos –con secundarios como Tommy Lee Jones y Sally Field– a los que el director se aferra como el náufrago al madero en el agua. Y tiene suerte de que uno de esos trozos de madera sea un animal interpretativo de la clase de Daniel Day-Lewis. Un actor tan carismático y entregado –roza lo enfermizo en sus preparaciones con el ya de por sí insano método del Actor´s Studio– que es capaz de mantener –por momentos–  la película a flote.

El problema es que todo ello queda emplazado a la higiene de la morgue. Y el cine –por ahora– no es algo a lo que hacerle una autopsia. Menos aún teniendo en cuenta que algo falla si se le encuentra la belleza a un cadáver por muy aséptico que sea.

Aunque puede que sorprenda que un director de este calado caiga en los vicios –convertidos ya en errores– de este explotado género, con un poco de perspectiva vemos como torres tan altas como él ya habían caído antes (Eastwood con Invictus y J.Edgar, Scorsese con  El Aviador o Michael Mann con Alí). En este caso, el mal de muchos puede llegar a ser consuelo de genios.

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