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‘Silver linings playbook’: regreso al lado bueno de la comedia

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La relación entre el cine y la comedia siempre ha tenido un intenso cariz de amor-odio. En sus inicios –esos donde las palabras no sonaban y había que intuir los sonidos entre rótulos blancos sobre fondo negro– ya se consumaron los primeros divorcios –incluso antes de la boda– entre la cinematografía y el enfant terrible de los géneros. La culpa, en aquel momento, se le otorga al gamberrismo exagerado de algunos profesionales que explotaban fuera de pantalla su lado bromista hasta extremos criminales –como en el célebre caso de la fiesta de “Fatty” Arbuckleu– y a otros como Chaplin que –no tan gamberros pero sí más comprometidos– decidieron meter el dedo en el ojo de un país poco predispuesto a la verdad y mucho a la despreciable “caza de brujas”.

Pasaron los años. Llegó el sonido y con él, el amor. Primero con el scrawball, un tipo de enredo sofisticado donde Capra –con Sucedió una noche– ejerció de capo durante los años 30. Luego apareció el toque indescriptible e inconfundible de Ernst Lubitsch y el genio de su discípulo Billy Wilder para situar a la comedia romántica en la categoría más alta de la historia del cine.

Desde entonces, aunque el descenso era inevitable, la comedia deambula por un terreno yermo; vacío, carente de cualquier clase de ingenio. Sólo las honrosas excepciones de las parodias de Mel Brooks, los diálogos atropellados de Woody Allen, el surrealismo de los Monthy Python, la ironía de los Hermanos Coen y algunos momentos de Nanni Moretti mantienen un prestigio que con los años se ha ido perdiendo hasta situar a la especie bufa en el escalón cinematográfico correspondiente a la comida basura.

Se agradece que hoy en día –donde se ha abandonado toda inteligencia para entregarse al maniqueísmo y la simplicidad del consumo masivo– surjan trabajos como Silver linings playbook, una película que demuestra que el talento y la lucidez no están reñidos con ningún género por mucho que éste lleve años denostado y esperando a que alguien le quite el polvo.

David O. Russell –director que ya nos sorprendió con una inmejorable gerencia de actores en The Fighter– puede que sea ese alguien. Más aun cuando de sus manos no sólo surge un capacidad innata para dar sentido a la realidad a través de una cámara, sino también el don de escribir uno de los guiones más interesantes de los últimos tiempos.

El lado bueno de las cosas –título que milagrosamente guarda sentido con el original– es una historia de amor contada desde la perspectiva de dos jóvenes bipolares que mantienen una peculiar –y entrañable– relación con el mundo que les rodea. Dos personas a las que la vida ha dado de lado y que se unen para disfrutar de sus admirables “locuras”.

Y todo esto ocurre con un estilo intenso y divertido, con una gracia que mantiene durante todo el metraje la sonrisa en la cara del espectador y con unos protagonistas –sensacional Jennifer Lawrence y un Bradley Cooper que se descubre sorprendentemente como un tipo bien dotado para la interpretación– que bailan –nunca mejor dicho– de una forma tan sincera que impregnan de carisma al film, al público y hasta al añorado –gran- Robert De Niro que aparece para completar una función maravillosa y encantadora. Recuerda todo ello –en un nivel que sin embargo no da lugar a la comparación– a las obras de los maestros de antaño pero sin llegar a un mimetismo descarado. Es indudable que bebe de la fuente; pero compensa sus carencias con una vuelta de tuerca personal más que interesante: las conversaciones frenéticas y atormentadas de sus personajes.

Al final, todas las nubes –por negras que sean– tienen su borde de plata. La comedia, como la locura, no es una excepción. En la vida real, la ternura –como la calidad en el cine– no está reñida con la forma, sino con las personas. Y termina por ser más loco –o estúpido– el que señala al “loco” que el “loco” que busca desesperadamente el lado bueno de las cosas.

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