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Albert Camus y el hombre absurdo

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En 1938, un joven y todavía desconocido Albert Camus planeaba un ambicioso proyecto literario y filosófico que él llamaba “los tres absurdos” y que vería la luz años más tarde.

Albert Camus nació en 1913, en vísperas de la Gran Guerra, en Mondovi, Argelia, en el seno de una familia pobre de colonos franceses o pieds-noirs. El padre, Lucien Camus, jornalero de origen alsaciano –como muchos otros, había abandonado su tierra tras la anexión por parte de Alemania en la Guerra Franco-Prusiana de 1871–, fue movilizado por el ejército francés y herido de muerte durante la batalla del Marne cuando Albert apenas contaba un año. La familia, sin medios para subsistir, se trasladó entonces a casa de la abuela materna en Argel. Allí, gracias a una beca, Camus inició sus estudios universitarios en 1932.

Durante sus años de estudiante, conoció a una joven actriz llamada Simone Hie, con quien se casó en 1934; animado por el profesor de filosofía Jean Grenier, ingresó en el Partido Comunista, y, junto a varios amigos de izquierdas, fundó el Théâtre de l’Equipe, para el que escribió su primera pieza: La revolución de Asturias, drama antifascista donde aparecía ya el espíritu comprometido del escritor.

“Los tres absurdos”

Como escribe el profesor Ángel Ramírez Medina en La filosofía trágica de Albert Camus, a lo largo de los años 1936 y 1937, varios acontecimientos en la vida del escritor le abrieron la dimensión absurda de la existencia: su temprano fracaso matrimonial con Simone Hie; su angustia motivada por su grave y, entonces, incurable enfermedad: la tuberculosis, que había aparecido durante su juventud y, más tarde, le impidió presentarse a las oposiciones a profesor; su desengaño ideológico y posterior ruptura con los comunistas.

Quiso plasmar esa nueva visión de la vida y de lo absurdo en dos novelitas que empezaban a tomar forma: La muerte feliz (que fue publicada, de manera póstuma, en 1971) y El extranjero. También por aquellos años terminó Calígula, obra teatral que pensaba presentar en el Théâtre de l’Equipe y que sería estrenada, con modificaciones, años más tarde. Por último, y para completar el proyecto, Camus esbozaba ya las bases de su ensayo sobre el absurdo. Eran los primeros pasos de su ciclo del absurdo.

También entonces comenzó a trabajar como periodista en el Alger Republicain, periódico de izquierdas dirigido por Pascal Pia. Para este periódico escribió, el 30 de agosto de 1939, una semana después del pacto germano-soviético y días antes de que Reino camus2Unido y Francia declarasen la guerra a Alemania, un incendiario artículo que no esquivó la censura del Gobierno argelino. El diario comenzaba a irritar a las autoridades, que finalmente prohibieron su publicación un mes más tarde. Aunque cambió su nombre por el de Le soir republicain –con Camus como redactor jefe–, el periódico se vio obligado a cerrar definitivamente en enero de 1940. El Gobierno argelino aconsejó entonces a Camus, declarado “una amenaza para la seguridad”, que se marchara del país.

En marzo, Albert Camus llegaba a París. Le acompañaban, disimulados entre la ropa, la copia mecanografiada de La muerte feliz y los manuscritos de El extranjero y Calígula.

El 8 de mayo de 1940, con la Wehrmacht acercándose a la capital francesa, Camus terminó su novela El extranjero. Días más tarde, el mundo asistía estupefacto al rápido derrumbe del ejército francés ante la guerra relámpago y los Panzers alemanes. El 22 de  junio, el Mariscal Philippe Petain, “el vencedor de Verdún” en la Primera Guerra Mundial, firmaba un vergonzoso armisticio. Camus, que trabajaba junto a su amigo Pascal Pia en el Paris-Soir, huyó junto al periódico clandestino primero hasta Clermont-Ferrand y finalmente hasta Lyon. Allí comenzó, en septiembre de ese mismo año, la redacción de su ensayo sobre el absurdo: El mito de Sísifo.

La pérdida de valor de la vida que había supuesto la anterior guerra se repetía de nuevo en ésta, y la crueldad de la condición humana encontraba su máxima expresión en los campos de exterminio. Estimulado por el ambiente de destrucción total de la guerra, Camus pudo desarrollar su pensamiento acerca del sinsentido de la existencia humana.

Pero mientras las tropas nazis sembraban el terror por media Europa, el escritor se sentía, según expone Alfonso Palomares en su biografía, como un marginado, un exiliado de una lucha en la que deseaba participar de forma directa y en la que, a causa de su grave enfermedad, tenía que conformarse con jugar en la clandestinidad, en un momento en que ésta “no había logrado el glorioso apellido de Resistencia”.

En 1941, la guerra aún parecía inclinarse del lado alemán y Camus decidió regresar a Argelia. Aunque su estancia duró poco, pues no consiguió encontrar trabajo, durante aquellos meses logró concluir su ensayo sobre el absurdo. “Terminado Sísifo. He completado los tres absurdos”, escribía Camus en su diario.

De nuevo en Lyon, Camus ingresó en la Resistencia francesa y en la redacción del periódico clandestino Combat. Sin embargo, lo que realmente le preocupaba entonces era la publicación de sus “tres absurdos”. Gracias al entusiasmo de Pia y del escritor André Malraux, los manuscritos de El extranjero y de El mito de Sísifo llegaron a las manos de Jean Paulhan, director de la Nouvelle Revue Française y miembro del comité de lectura de la editorial Gallimard.

En junio de 1942 se publicaba la primera novela de Albert Camus: El extranjero; meses más tarde, en octubre, le tocaba el turno a El mito de Sísifo. Mientras, la guerra continuaba. Las tropas alemanas chocaban contra los muros de Stalingrado, en el frente oriental, y Rommel era derrotado en El-Alamein, en el Norte de África. La contienda parecía decantarse ahora por el bando Aliado. En cambio, en Francia no hubo cambios significativos hasta el desembarco de tropas aliadas en junio de 1944. El 23 de ese mismo mes, Camus estrenaba una nueva pieza teatral: El malentendido. Dos meses después, los Aliados liberaban París. El estreno de Calígula, en septiembre de 1945, finalizada ya la guerra, cerraba el denominado ciclo del absurdo de Albert Camus.

La filosofía del absurdo

En la novela El extranjero, el protagonista, Meursault, encarna un sentimiento de profunda apatía por todo cuanto le rodea: ni el matrimonio, ni la amistad, ni la superación personal, ni la muerte de una madre… nada tiene importancia para él. Sin motivo aparente, mata a un hombre y es juzgado por ello. Pero en seguida el proceso se envuelve en lo absurdo y Meursault, considerado un monstruo sin alma, acaba siendo condenado no por el brutal asesinato, sino por haber enterrado a su madre sin derramar lágrima alguna.

Por su parte, Calígula, el joven emperador romano, experimenta, a partir de la muerte de su hermana y amante Drusila, un cambio en su forma de entender el mundo; en palabras del profesor Jorge Dubatti (Calígula, ejemplo y contramodelo de ética absurda): “de pronto, advierte que los dioses no existen, que no hay plan, justicia, ni valores más allá de la construcción de los hombres”. Para rebelarse contra este mundo sin sentido, Calígula asesina sin compasión a sus súbditos, tratando, así, de reafirmar su absoluta libertad.

Sin embargo, estas dos obras (y también El malentendido) no son más que la ejemplificación literaria de la teoría que su autor expone en el ensayo El mito de Sísifo.

Según Ángel Ramírez Medina, Camus “acude una y otra vez a la cultura griega como fuente de sabiduría práctica y moral” y, de esta forma, encuentra en Sísifo una muestra del sinsentido y el absurdo de la vida.

Sísifo, de Tiziano

Sísifo, de Tiziano

En la Odisea, Homero explica que, tras haber caído en desgracia ante los dioses, el rey griego Sísifo fue condenado a un terrible castigo: debía empujar una gigantesca piedra, ladera arriba, hasta la cima de una montaña, desde donde, invariablemente, la piedra caía de nuevo hasta el pie. Entonces Sísifo debía repetir su trabajo. Así, una y otra vez por toda la eternidad.

Igual que el castigo de Sísifo, Camus ve la vida como un eterno recomenzar, una lucha por desempeñar cometidos, alcanzar metas carentes de sentido. En apariencia pueden tener un significado, pero es el hombre, ser racional, quien se lo otorga, pues no hay nada fuera de él que lo demuestre. El universo en su conjunto carece de sentido. En palabras de Albert Camus: “El mundo para el hombre absurdo no es ni tan racional ni tan irracional. Es irrazonable y nada más que eso”. Y zanja: “No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera. Pero sé que no conozco ese sentido y que de momento me es imposible conocerlo”. El absurdo surge, por tanto, de la confrontación entre esa irracionalidad del mundo y el deseo del ser humano por comprender cuanto le rodea.

Así, uno de los primeros sentimientos que surgen ligados al absurdo, según escribe Ramírez Medina en La filosofía trágica de Camus, es la percepción del mundo como algo “espeso”: “El mundo se nos muestra ajeno, extraño; ni nos pertenece ni le pertenecemos a él”. Entonces, ¿qué significa la vida en semejante universo?, se pregunta Camus. “Por el momento, nada más que la indiferencia”, responde.

De la desconexión entre el mundo y el hombre surge la perplejidad. Y esta perplejidad se define, según Ramírez Medina, por una terrible indiferencia. “Me daba lo mismo” o “no significaba nada para mí” son las dos frases más repetidas por Meursault en El extranjero. Para él, las cosas carecen de atractivo o de interés. Esta indiferencia va subiendo de tono a lo largo de la obra: desde la amistad o las relaciones amorosas, al principio, hasta Dios y su propia muerte, al final, nada tiene tiene interés para él.

La indiferencia absoluta por todo deja paso a un “sentimiento de autoextrañeza”, en términos de Ramírez Medina. El individuo se convierte en un “sujeto sin identidad”, alienado, que adopta la actitud de un “espectador desinteresado” que contempla la realidad –su propia vida– desde fuera y sin mostrar el mínimo interés. “Parecía como si, de algún modo, el proceso se llevase a cabo dejándome fuera (…). Se decidía mi muerte sin contar conmigo (…). Pero, pensándolo bien, nada tenía que decir”, piensa Meursault durante el juicio. Siente que “está de más”, que es un extraño incluso cuando es su vida la que está en juego.

La reflexión en torno a la muerte es una de las claves del pensamiento de Camus. La conciencia de la muerte, de la mortalidad, es el principal desencadenante del sentimiento absurdo.“La idea de que ‘existo’, mi forma de obrar como si todo tuviera un sentido, todo resulta desmentido de forma vertiginosa por la absurdidad de una posible muerte”, escribe Camus en Sísifo. Para él, la muerte es la única realidad. Muerte y vida son la misma cosa. O, mejor, dos caras de una misma moneda. “Sólo aceptando la muerte con seriedad adquiere la vida su esencia” (Ramíez Medina).

Meursault, condenado a la pena capital, sabe que hay dos posibilidades: es indultado y, por tanto, escapa a su castigo; no es indultado y muere. Enfrentándose a la muerte, a su muerte, Meursault reflexiona:

“Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivída. No ignoraba, en el fondo, que morir a los treinta años o a los setenta no tiene gran importancia (…). Era siempre yo el que moría, ahora o dentro de veinte años (…). Desde el momento en que se muere, el cómo y el cuándo no importan. Así debía yo aceptar que mi petición [de indulto] fuese recusada. Entonces, sólo entonces, tenía por así decirlo el derecho, me concedía de alguna manera el permiso de abordar la segunda hipótesis: era indultado”.

Naturalmente, él ama la vida y quiere seguir viviendo; sin embargo, no está desesperado: “Solamente sentía miedo”, asegura. Pero eso también es natural.

Portada de la primera edición de El extranjero

Portada de la primera edición de El extranjero, editorial Gallimard

Una vez es consciente de su mortalidad, el hombre absurdo descubre que no había sido realmente libre. Hasta ese día no había sino pensado en el futuro, en el mañana, planeado metas y objetivos… “Creando barreras entre las que encerraba su vida” (El mito de Sísifo). Para Camus, el verdadero respeto al futuro consiste en agotar lo dado en el presente. Es la llamada libertad absurda. El “todo está permitido” que proclama el Iván Karamazov de Dostoyevski.

No obstante, como dice Jorge Dubatti, este “todo está permitido” no libera: ata. Lo absurdo no autoriza todas las acciones. Todo está permitido no significa que nada esté prohibido. Calígula, consciente del sinsentido de la vida, “trata a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, de ejercer la libertad”, explica su autor. Calígula confunde el todo está permitido con el nada está prohibido. Y tiene que pagar. “Hace lo necesario para levantar en su contra a aquéllos que finalmente lo matarán. Calígula es la historia de un suicidio superior. Ésta es la historia del más humano y el más trágico de los errores”, explica su autor.

En la filosofía del absurdo de Camus “no hay modelos éticos pero sí hay contramodelos”, asegura Jorge Dubatti. Y Calígula es un contramodelo. Lo absurdo no recomienda el crimen, simplemente vuelve inútil el remordimiento: “Hay responsables, no culpables”, escribe Camus. La sociedad desearía que el hombre absurdo reconociera su culpabilidad, su pecado. Calígula proclama: “¿Quién se atreverá a condenarme en este mundo sin juez en que nadie es inocente?”. Pero el hombre absurdo se siente absolutamente inocente.

Rebeldía y esperanza

Si bien a primera vista la filosofía del absurdo que propone Albert Camus puede parecer deprimente, él creía que sólo asumiendo el sinsentido de la vida, el hombre podría vivir lo más plenamente posible. “Se trata de reconocer que no hay dios, ni plan, ni destino que organicen el universo: sólo hay vida y hay muerte” (Jorge Dubatti).

Según Camus, el hombre debe reconocer sus propios límites; escribe en Sísifo: “Lo absurdo es la razón lúcida que comprueba sus límites”. Asumir los propios límites es, para Camus, rebelarse contra el sinsentido de la vida: es a un tiempo conciencia de la muerte y su rechazo.

Por ello no extraña que Camus considerase a Sísifo como el héroe absurdo por excelencia. Camus ve a Sísifo arriba, en la cima de la montaña, viendo rodar la roca ladera abajo. Durante su descenso, instantes después, de nuevo hacia su castigo, es donde adquiere para el autor todo su significado. Las primeras veces, el condenado desciende con dolor y tristeza; aún recuerda su vida en la tierra. Es el triunfo de la roca. Pero, poco a poco, Sísifo va tomando conciencia de su castigo y lo afronta con rebeldía. “Se siente dichoso cuando se sabe dueño de su destino en medio del dolor” (Ramírez Medina). Su destino le pertenece. “Su roca es su casa”, asegura Camus. El hombre absurdo sabe que es dueño de sus días.

Albert Camus amplió esta teoría en su segundo proyecto: el “ciclo de la rebelión”, compuesto por la novela La peste (1947), las piezas teatrales El estado de sitio (1948) y Los justos (1950), y el ensayo El hombre rebelde (1951). Su prematura muerte en un accidente de coche en 1960 impidió al autor completar su obra con lo que llamaba el “ciclo del amor”.

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